lunes, 11 de noviembre de 2013

Pensamientos cruzados



“Sigo en la misma lucha: la potenciación de la búsqueda
de la superconciencia” Leonardo da Jandra


A Eugenia Vicencio, en memoria

Me encuentro detenido entre la encrucijada de los sentimientos Con el deseo de viajar en la  melodía que mi corazón descubrió en la mitad de un camino que recorrí muchas veces en mis sueños;  aún en esas largas caminatas del olvido y el deseo de ser pájaro, felino, gaviota que encuentra su destino en las crestas de las olas  que a veces acompaña la soledad de un saxofón en cautiverio en esas noches de estrellas en medio de un mar que no encuentra su destino.

Hay ocasiones que una vieja película de amor me recuerda lo que aún no he tenido entre mis brazos o que lo he dejado pasar por esas situaciones de la vida que no tienen que ver con la vieja canción de un crooner triste y perdido en un bar despostillado, entre parroquianos en una galería de espejos derrotados, carcomidos por el paso de los años, alfombras corroídas y cortinas de un terciopelo antaño rojo, ahora desgastado por las risas y efímeras noches de alcohol barato como el amor comprado por instantes.

En la mañana platicaba con un vendedor de incienso y pulseras de cuero repujado, lo quise sorprender con historias y anécdotas de antaño, para muchos, de hace muchos años y para mi, que me encuentro en esta encrucijada, apenas hace un tiempo como la lluvia y en mi aparente sorpresa de yo mismo descubierto por mis fábulas, fui sorprendido, encontré diferencia entre lo que mi sangre llama y los libros me hablan, como sentir, lo que es un guerrero que danza para conservar el fuego y los sagrados templos y otros danzarines que solo bailan alrededor del atrio, en la explanada y construyen la historia con sincretismos religiosos en dos o tres ensayos.

El pensamiento de lo que yo soy como los otros, sin ser un libro, una palabra o un verso, detenerme a reflexionar en Chalma antiguo santuario de otro dios de los toltecas que no quiere disiparse ni quemarse ante el espejo ni en el folklore de un viejo barrio en estos pensamientos encontrados, la sangre, el sexo, lo que está pasando en mi país, mis propios sueños que el tiempo quiere triturarlos, mi corazón que se resiste con palabras o los números que son de igual forma cabalísticos y mágicos, mi corazón entre metáforas o ecuaciones recorridas una y otra vez desde los griegos hasta el fondo de mi alma. La novela que se escribe o que no se lee, o se encuentra en un pedazo de cuarto o un cajón, la que pasó en una generación y que en otra pierde su estado y otra novela que persiste con esa narración de nuestra historia que se trasmite con la palabra hablada o con la danza, como un cielo de ritos pintados con las manos sin importar lo que convocan año tras año los pocos que leen en este nosocomio, lo que puedan llevarse en sus alforjas y presumir. 

La mayoría de eruditos en un país que los macacos nos gobiernan o que ese país son muchos pueblos y gentes y costumbres que han perdido su verdadera esencia cuando cambió el mercado, el trueque para los que no intercambiamos nada, ese no hacer para seguir en una danza.

Tener que explicarle a quienes amo que a veces esta soledad, el aislamiento entre palabras en una región de silencios compartidos y espejos no resueltos, es necesidad del alma; sentirme descubierto por el compa, ver un documental de la sierra de Guerrero donde el viejo con dolores encuentra su razón y su destino en desfibrar la penca y hacer mecate, para así poder sustituir la mano de metate donde se muele la semilla que antes fue nuestra y ver esa limpia de dolores y reumas, que después de varios días el viejo acepta su destino: “es que ya estoy viejo y eso no se cura con las limpias ni con el huevo cocido”.

Seguir en este periplo solitario como empecé hace varios años o como empecé este texto (yo le llamo reflexión, prosa, pensamientos cruzados, etc.,  pero quiero que sea lo que siempre ha sido, un canto en solitario) 

Reunir el relicario, lo que en otros tiempos fue el verano, la historia de chaneques y de diablos, de casa embrujadas o un templo donde hacían limpias rodeado de palos de guayabo y cometas, papalotes, mariposas de papel, culebras de agua, nahuales, matiné, casas de tierra y palmas. Aprender en otros libros de otra gente y otras casas de cartón, leer a Rubén Darío antes que a nadie y emprender el viaje del cambio a una ciudad inmensa en pleno corazón de la del Valle. Atravesar nuevamente el istmo en una breve incursión entre las venas y el racismo permitido, caminar por las ideas mientras el mar, la lluvia, el mismo sol se colaban por la vieja escuela y nuevamente las palmeras en Narvarte antes que el bulldozer las quitara y la ciudad y la poesía, que escondían las otras arterias donde soplaba el viento y el fuego de nuevo se inmolaba en un largo pasillo donde las matemáticas y el electrón hacía de las suyas y los sueños y los Beatles…

La vida es un sinfín de ritos, el café que saboreo, la música que escucho, el incienso, o por ejemplo, este momento que escribo donde me siento descubierto, el cruce de caminos, la tarde sin pájaros, las caminatas por las avenidas de la indiferencia donde los pensamientos se reflejan con el humo, la llamada de un amigo que interrumpe la palabra con palabra para colarse en el ritual de soledades, otro amigo que en un jardín de ausencias zurce entre silencios este camino entrecruzado y entre historias de Da Jandra y su viejo mentor republicano, llega el recuerdo de un café en Oaxaca y Eugenia vagando por sus calles antes que Don Juan, el brujo yaqui, mentor de Castaneda, entrara a Yosemite, mi viejo apartamento en la colonia Nápoles, donde ella y sus amigas realizaban el mitote en ese punto que se convirtió en ombligo del destino cuando en cofradías mensuales se reunían y mi espacio no me pertenecía, solo eran ellas, las brujas del desatino descubierto que solo las paredes celosamente guardaban sus secretos. 

Un ritual de colores del crepúsculo, me recuerda que la edad es un constante movimiento y solamente el tiempo, la variable mencionada, es un caleidoscopio de imágenes cambiantes, un rincón donde se juntan los trastes viejos, el color ceniciento de mi pelo, las ganas de quedarse en esta casa,…

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